Valientes a puertas cerradas

Ana Carolina Chico

1/26/20241 min read

Atravesamos procesos que otros ni notan.

Nos parte la vida en trozos invisibles.

Pero seguimos dando,

como si el amor sin medida fuera nuestro instinto más natural.

Nos volcamos, nos vaciamos,

nos convertimos en abrigo ajeno

mientras callamos el frío propio.

Y cuando llega nuestro turno de temblar, de derrumbarnos…

hay silencio.

No hay eco.

No hay brazos.

No hay tiempo.

Solo Dios,

y unas pocas almas que deciden quedarse.

Las suficientes para recordarnos que no estamos solos del todo.

Entonces aprendemos,

con un nudo en la garganta pero el alma más despierta,

que también merecemos cobijo,

que no nacimos solo para dar,

que el amor que no se devuelve desgasta…

pero no nos define.

Y aunque duele ver quién no estuvo,

sanamos al ver quién sí se quedó.

Sin ruido.

Sin condiciones.

Sin miedo.

Así entendemos que hay vínculos

que sostienen el mundo cuando ya no podemos cargarlo,

que no debemos tomar por sentado,

y que hay que aprender a valorar con conciencia.

A ti, que sientes “demasiado”:

no te apagues,

no te conviertas en lo que este mundo quiso romper.

Sigue sembrando,

aunque el campo parezca seco.

Porque lo que nace del alma

siempre encuentra su primavera…

aunque no florezca donde lo sembraste.

Y un día, sin aviso,

la vida te devuelve lo que diste,

en abrazos que no se sueltan,

y presencias que permanecen.

Ser sensible es un regalo del alma,

una luz que brilla aunque duela el mundo,

y en su fragilidad se esconde la fuerza

de quien ama profundo y vive verdadero.