La libélula que encendía mis noches

Ana Carolina Chico

1/26/20242 min read

Era pequeña.

Silenciosa.

Pero cuando la noche caía,

ella encendía su luz

como si supiera que yo la necesitaba

más de lo que podía admitir.

No era solo una lámpara.

Era mi paz secreta,

mi faro quieto,

mi amiga callada en un mundo ruidoso.

Amaba mirarla cambiar de colores,

como si en cada tono me enseñara

una emoción distinta.

Pasaba horas, días,

viéndola simplemente…

ser.

El tiempo, ese ladrón suave,

le rompió un ala.

Pero aun así brillaba.

Un poco menos,

un poco más lejos,

Un poco menos ella.

Quise retenerla.

Proteger su luz,

cuidarla del tiempo,

del viento,

de todo.

Pero ella era libre.

Nunca me perteneció.

Y, en el fondo,

ya no me necesitaba pues ya había cumplido su ciclo.

Se fue apagando lentamente,

como quien se despide sin decirlo,

como quien ama… pero sabe irse.

Y yo tenía miedo.

De ese día.

Del momento en que no la viera encenderse más.

Porque no era solo perder su luz,

era perder una parte de mí.

Hasta que entendí.

Que mientras ella se apagaba por fuera,

algo en mí comenzaba a encenderse.

Que no era su luz lo que tanto buscaba…

era la mía,

reflejada en ella.

Y que fue allí —en su brillo silente—

donde por fin me vi.

Donde supe…

quién era yo.

Su misión no era quedarse.

Era despertar mi propio fuego.

Dar alas a mi alma quieta.

Recordarme que yo también puedo volar,

aunque tiemble,

aunque duela.

Hoy, la libélula descansa.

Pero su luz vive en mí.

En mi mirada.

En mi fuerza.

En cada paso que doy

hacia la mujer que estaba esperando ser.

Porque algunas presencias no se explican.

Solo se sienten.

Y aunque ya no está,

queda lo que no se ve,

lo que no muere,

lo que solo nosotras

Sabemos.

Eso que, sin nombre…

sigue siendo todo.

Buen viaje, Libélula eterna,

que en cada vuelo silencioso

tu luz siga guiando

lo que nunca dejará de ser.

Porque aunque te hayas ido,

en mí sigues volando,

más libre que nunca,

más luz que nunca.