“El espejo del poder”
Ana Carolina Chico
1/26/20242 min read


En un mundo donde a diario vemos el poder mal entendido —en la política, en las empresas, en las escuelas, incluso en relaciones personales—,
un poder que humilla, impone y se aferra al ego olvidando el propósito,
urge volver a mirar con conciencia lo que realmente significa tener poder.
Porque no hay fuego más peligroso que el poder que se olvida de servir.
El poder no transforma… revela.
Revela lo que el alma callaba, lo que el ego escondía, lo que no se ha sanado.
No es el poder el que contamina:
es el alma no trabajada la que se deja intoxicar.
Una vez, en un entorno escolar, saludé con respeto a una persona que había sido docente.
Le llamé como siempre me había referido a su persona pero me detuvo y dijo:
“Ya no me llame así. Me ascendieron. No tiene idea del poder que tengo ahora.”
Como si enseñar ya no fuese suficiente.
Como si un título pesara más que una vocación de vida.
Fue en ese instante que entendí:
el poder que necesita anunciarse,
ya comenzó a vaciarse.
Y lo mismo pasa fuera de las aulas…
¿Cuántas veces hemos visto personas que, al recibir un cargo político o una posición pública, se marean con el poder y se olvidan de su humanidad?
Dejan de saludar. Dejan de mirar a los ojos.
Y se comportan como si su nuevo puesto los hiciera intocables.
Como si la silla en la que se sientan les perteneciera para siempre.
Pero el poder que se desconecta de los demás, no es poder…
El alma que, en cualquier ámbito, se tuerce por ambición no busca servir: busca imponerse.
Y en esa carrera, olvida que todo lo que se impone por la fuerza se quiebra,
y todo lo que nace desde el ego, muere con él.
El verdadero poder no grita.
No exige aplausos. No aplasta.
Guía. Eleva. Inspira.
Y nunca se contradice con la humildad.
Tal vez el poder no corrompa por sí solo…
Tal vez solo exponga lo que siempre estuvo dentro, esperando una excusa para salir.
Por eso, cada vez que nos enfrentemos al poder, podemos elegir:
Volver a lo esencial.
Crecer con humildad.
Recordar que la grandeza no necesita tronos… necesita conciencia.
Elijo creer que aún hay quienes, ante el vértigo del poder, eligen la integridad.
Que suben peldaños sin perder el alma.
Que entienden que la verdadera autoridad no se impone: se gana.
El crecimiento real no se mide en lo que logramos,
sino en cómo actuamos cuando el poder está en nuestras manos.
Y si ese día llega,
que nos encuentre despiertos, fieles a nosotros mismos
y al servicio de algo más grande que Nosotros mismos.
Y que al vernos al espejo… aún nos reconozcamos con humildad.
De que se puede, se puede.
¿Rendirnos? Nunca. 💜
