El custodio de sueños

Ana Carolina Chico

1/26/20243 min read

Al transitar por algunas calles de la ciudad pareciera que aún resuenan las risas de tantas generaciones de niños libres, jugando juegos como la Rayuela, Landa o Chiminicuarta.

Es allí, precisamente en esas calles donde aún se esbozan trazos de personajes que han trascendido en el tiempo: los vigilantes:

Los custodios de sueños.

Su nombre y su cargo ha ido evolucionando año tras año, en una Sociedad que cada vez más, tiene la imperiosa necesidad de ser resguardada ante el aumento inmisericorde de la violencia.

El otrora “Guachimán”quien en aquellos tiempos era generalmente un anciano, cuyo único escudo lo constituía un pequeño radio de baterías en el que a la mitad de la noche sonaba las rancheras del momento, y cuyos ritmos lo ayudaban a escapar de una realidad que le pesaba.

También lo acompañaba un machete desafilado que más allá de combatir a un ladrón, le servía para partir alguna fruta que con suerte lograba cortar de algún árbol vecino.

Su símbolo:un viejo y oxidado silbato ése que resonaba a la mitad de la noche, y que constituía un alivio para muchos como yo;

pues era el recordatorio que alguien cuidaba de nosotros en esas noches donde el silencio era ensordecedor y los monstruos del momento rondaban mi imaginación.

El sonido del silbato era el presagio que la noche sería más larga para él y que no podría dormir, pero si corría con suerte podría recostarse en la polvosa acera de alguna solitaria esquina, sin más luz que la de un discreto poste de madera vencido por el peso de los años y sus numerosos cables.

El concepto del “Guachi” ha evolucionado un tanto debido al surgimiento de nuevas necesidades de seguridad y es así como en la ciudad convergen distintos tipos de vigilantes y empresas de guardias de seguridad cuyo denominador común es el de ejercer un trabajo necesario, revestido de dignidad si, pero ingrato al fin.

Basta con abrir los ojos un poco y encontraremos guardias en cada esquina, parados estoicos durante muchas horas levantando y bajando plumas de acceso vehicular o bien abriendo y cerrando

oxidados portones.

La mayoría con una sonrisa, esperando una sonrisa de regreso o al menos un Gracias que la mayoría de las veces no llega.

Cada Domingo religiosamente esperan a su familia impacientes y no es extraño ver las esquinas de la ciudad repletas de familias visitándolos y llevándoles un poco de frío alimento.

Los encontramos con sus hijos en brazos, bajo el inclemente sol o una fría tarde lluviosa, cediéndole la silla rota a su esposa con tal de platicar un rato y compartir en familia. No tiene nada más que ofrecerles únicamente sus anécdotas y cariño.

Ninguno tiene un techo seguro bajo el cual resguardarse, si cuentan con suficiente suerte tienen una caseta de madera despintada, con alguna silla rota, los restos de un espejo y tantos sueños por cumplir.

Así transcurren sus días, entre una sociedad indiferente demasiado ocupada como para ponerles atención, y cuidándonos. Y es inevitable preguntarme pero quién cuida de ellos?

Sus trabajos extras como jardineros, pintando paredes, paseando perros o lo que sea necesario para obtener un segundo ingreso pues su sueldo es insuficiente.

Tienen prohibido comer a sus horas, enfermarse, dormirse, abandonar su puesto y hasta quejarse.También tienen prohibido rendirse, porque rendirse no es opción.

Procure hacer la diferencia en la vida de estos personajes a quienes la vida les da poco reconocimiento pero que estoy segura de ahora en adelante cuando vea uno, por lo menos le compartirá una taza de café caliente para que su esperanza no muera.

Mi reconocimiento especial a Jesús (Rambo) y Leonel ( El Chele) quienes cuidan de nosotros, a quienes sin duda debo esmerarme para cuidar más y retribuir tan sólo un poco, su enorme esfuerzo.